Y ahora el piso flamea cual cielo, con ese seseo vibrante y potente que tantas verdades hacen fluir. Tranquilamente yo calzo mis fuentes y de pronto mi salud se hace terminal, lentamente siento el poder del mundo caer sobre mis lóbulos y de pronto mis aurículas sufren el pesar del Atlas. El viejo Ignacio rompe el suelo y sube la bruma, sube el poder de sus palabras al gritar, al exclamar la paz y la guerra, la justicia y el mal, el cinismo y la nobleza, en este mundo sin amar.
La perdida mortal de ella, no lo destruyó. Simplemente murió aquel niño sordo al cual el orbe no logró doblar, solamente romper.